El humo de las parrillas de Carollo’s trepa hasta el techo y se mezcla con olor a salchicha italiana, a choclo hervido y a café. Es sábado al mediodía. El City Market, el mercado más antiguo de Kansas City, está “a reventar”, como dicen acá. A cinco minutos en auto, en un hotel ubicado sobre el río Missouri, descansa el plantel de Lionel Scaloni, que convirtió a esta ciudad en su búnker mundialista. Pero a esta hora, lejos del estadio, la ciudad late entre cajones de tomates, hinchas de Ecuador y una historia que arranca hace más de dos siglos.
Kansas City da por momentos la impresión de ser un set de televisión perfecto al que le faltan los actores: calles limpias, edificios imponentes y pocos peatones a la vista. Acá no. El City Market es de los pocos lugares donde se ve a la gente caminando, comiendo parada, riendo, conversando. Es el mercado más grande de la región y figura entre las diez atracciones más visitadas: abre los siete días con más de treinta comercios fijos, pero su mejor momento llega los fines de semana, cuando la feria al aire libre suma más de 140 puestos. Según la oficina de turismo de la ciudad, recibe alrededor de 600.000 visitantes al año, la mayoría concentrados sábados y domingos.
“Acá nació la ciudad”
En un puesto de aros y collares hechos a mano atiende Karina Flores, que conoce el lugar desde chica. Cuando LA GACETA le pregunta qué significa este mercado, no tiene dudas: “Acá nació la ciudad”. Su propia historia, como la de otros puesteros, empieza lejos. En Guanajuato, México, de donde su familia llegó hace tres décadas. “La vida dura de allá, no es tan fácil. Nos toca buscar otras salidas, otros lugares, y aquí nos plantamos desde hace 30 años ya”, dice.
Cómo nació la ciudad
A comienzos del siglo XIX, el río Missouri era la gran autopista del comercio: por ahí entraban y salían las mercaderías rumbo a St. Louis y al oeste. En 1821, el comerciante de pieles francés François Chouteau instaló un puesto sobre esta orilla, y con los años el sitio donde se descargaban los productos se volvió punto de encuentro y de intercambio. Alrededor de ese mercado al aire libre creció el pueblo: en 1846 se trazó acá la “Town of Kansas”, con esta plaza como centro, y de ese caserío salió la actual Kansas City. Una placa de bronce frente al mercado lo recuerda.
El mercado funciona aproximadamente en el mismo lugar desde 1857. Por ahí pasaron las caravanas rumbo al oeste, los mítines políticos y los circos. En 1978 toda la zona, hoy conocida como River Market, fue declarada distrito histórico. El City Market es, de hecho, el comercio en funcionamiento continuo más antiguo de la ciudad.
Para tener un puesto como el de Karina hay que pasar un examen. “Te toman un poquito de video, ellos ven tu área de trabajo, revisan que todo lo que tengas aquí sea hecho por tus manos. El tejido, la resina, las perlas, todo tiene que estar hecho a mano”, describe. El objetivo, dice, es mantener la “identidad de local”. La economía del puesto también está reglada: primero hay una prueba de seis meses y, si el producto no está repetido y el puestero es constante, llega el contrato anual, de unos 250 dólares. “Cada día tiene su diferente precio”, resume. Por fin de semana, calcula, le sale cerca de 36 dólares por jornada.
Las reglas del lugar
Tresh Rodríguez vende platos de cerámica para rallar y en enero abrió su propia tienda dentro del mercado. Conoce la historia del predio y, apoyada en su puesto, señala las paredes que la rodean. “Los edificios que ves alrededor tienen más de 150 años. Fueron construidos para durar”, dice a este diario. Según ella, en los comienzos del mercado la ciudad llegó a tener “el tercer sistema ferroviario más grande del mundo”.
Rodríguez también explica la regla que ordena todo. “Tenés que ser un vendedor que fabrica o cultiva sus productos dentro de un radio de 50 millas del City Market”, detalla. Son unos 80 kilómetros a la redonda. El mercado acepta, además, las tarjetas EBT, con las que las familias de bajos ingresos reciben en Estados Unidos la asistencia estatal para comprar alimentos, y duplica ese beneficio cuando se gasta en frutas y verduras frescas.
Esta semana, sin embargo, no todo salió como esperaba. “Esperábamos que el Mundial trajera mucha más gente de la que trajo”, admite. Y suma una paradoja: muchos vecinos habituales esquivan el mercado por estos días, por miedo a una aglomeración que imaginaban y que por ahora no llegó. “Vengan a apoyar a estos productores locales. Trabajamos muy duro para ofrecerles todas estas cosas”, pide.
El mundo en una cuadra
Lo que se recorre en pocos metros es una especie de atlas. Solo entre los restaurantes conviven cocina etíope, italiana, vietnamita, española, japonesa, india, filipina, brasilera y de Medio Oriente, además de pizzerías y panaderías. Alrededor, los locales fijos venden de todo: ropa, joyería, flores frescas, juegos, artículos de cocina y decoración. Y los almacenes especializados suman carnicería, fiambrería, verdulería, especias a granel y café tostado en el lugar. En el mismo predio funciona, incluso, el Arabia Steamboat Museum, que exhibe la carga rescatada de un barco de vapor que se hundió en el río Missouri en 1856. En medio de todo, la parrilla de Carollo’s, el histórico deli italiano del mercado, calienta salchichas, costillas y hamburguesas.
Karen, una vecina que asistió con un grupo de cuatro amigas para celebrar el cumpleaños de una de ellas, dice que lo que más le gusta hacer aquí es comer. “Me gusta mucho el lugar brasilero”, dice por Taste of Brazil, fundado por dos socios de São Paulo. “Y hay uno acá arriba que tiene buen hummus, de Medio Oriente”, agrega por Habashi House. “Y Local Pig es maravilloso”, cierra, por la carnicería del fondo. A la lista se suman, entre otros, el etíope Blue Nile y media docena de cocinas más.
La diversidad no es solo gastronómica. En un puesto de plantas, un hombre de barba larga y gorro rojo de jardinero va apoyando ramitas sobre la cabeza de los visitantes. Se presenta ante LA GACETA como Steve Peddlespoon, jardinero, y dice que viene cada fin de semana con su esposa, Columbine, a repartir alegría. Su mensaje es que uno siempre puede seguir creciendo. “Siempre podés ser más inteligente, más sabio, más amable”, dice. Consultado por la fama de amabilidad de los vecinos de la ciudad, responde: “Vas a encontrar gente amable en todas partes. Hay más gente amable que cruel. Lo que pasa es que de los crueles se habla más”.
Max Dorsey, que hace tres años vende pochoclos azucarados, dice que el lugar es especial por una razón simple: “Este es el centro de esta ciudad. Todo el mundo viene aquí”.
El Mundial, de visita
Esta semana, Kansas City se tiñó de amarillo. La camiseta de Ecuador se ve por todos los pasillos. Carlos Vázquez, de 50 años, recorre el lugar con su esposa y sus dos hijos. Llegaron el día anterior, directo al Fan Fest de la FIFA. “Es un mercadillo que se asemeja mucho a nuestra cultura: encontrar productos variados al por menor, caminar, compartir con la gente, que es algo que nos gusta mucho”, cuenta.
Pasado el mediodía, el mercado sigue lleno. Por los pasillos se cruzan el español de México, el inglés del Medio Oeste, el portugués de São Paulo y, esta semana, el acento ecuatoriano de los que vinieron por el Mundial. Antonio Vázquez, de 19 años, hijo de Carlos, destaca lo que encontró en la ciudad: “Cuando te ven que llevás la bandera de Ecuador, igual te dicen: ‘Buena suerte al equipo’. Buena gente”. Afuera del mercado, el Mundial sigue su agenda con estadios y pantallas gigantes. Adentro, el City Market hace lo que hace cada fin de semana desde hace más de 160 años: late.